La democracia mexicana no tiene contrapesos predecibles. La única congruencia es la incongruencia de quienes en teoría deberían ser una oposición responsable, consciente y consistente.

Una oposición que incitará al debate público, a la construcción de acuerdos sanos y delimitados, característica de cualquier democracia con cierto grado de madurez.

Una oposición que fortaleciera al Ejecutivo Federal y al partido en el poder no con un incondicional apoyo sino con un argumentos, con exigencias, ejerciendo sus responsabilidades dentro de un Congreso que deliberara y consensara.

Lo cierto es que cada día nuestra democracia se vulnera más en la ausencia de liderazgos, en los silencios de las tribunas y en la intrascendencia de los curules. ¿Para que queremos legisladores si nada se legisla realmente?

El Poder Ejecutivo está ejerciendo sus facultades, el Poder Judicial está sorteando el nuevo entorno adaptándose pero resistiéndose a la vez; pero el Poder Legislativo, ese si está nulificado.

Esa es nuestra realidad. Estamos ante un agravio atroz, no de un partido en el poder, sino de todo un sistema de partidos cada día menos capaces de articularse con congruencia y sin esforzarse por algún esbozo de posturas predecibles. Ni a eso llegan.

Sin oposición, sin contrapesos, sin nada. Así estamos. Y no culpo a la 4T de esto. Más bien a la falta de voluntad, de compromiso y de agallas de quienes fueron votados para legislar desde la oposición y no para simular como lo están haciendo.

Hoy tenemos un Poder Legislativo que está prácticamente desaparecido.