Hay quienes creen que una buena vida significa poseer lujos, realizar viajes exóticos, experimentar momentos únicos y transformadores. Aunque si bien, una “buena vida” no está peleada con estos placeres terrenales que tanto nos gustan, el balance que al final nos dice si “nos fue bien” o “nos fue mal” llega hasta el momento de despedirnos, porque entonces, no se habla de nuestra vida, sino de nuestro legado.

Pocas veces nos damos la oportunidad de reflexionar cómo estamos viviendo nuestra vida. ¿Nos estamos entregando a nuestra pasión o tenemos un trabajo que paga las cuentas? ¿Fomentamos la unión en nuestra familia o somos un grupo de extraños que comparten el mismo techo? ¿Apuntamos al éxito y lo vivimos con sencillez o nos quedamos en la mediocridad? A la hora de partir, ¿nos dirán adiós con alegría o con desdén?

Quizá respondamos todas las preguntas anteriores con optimismo o quizá de manera negativa, pero lo importante es tomarnos del tiempo de reflexionar, de pensar cómo estamos viviendo. No se vale desperdiciar este inmenso tesoro que es la vida sin cuestionar nuestro sentido.

Siempre podemos cambiar algo para mejorar, para ayudar, para dar más de nosotros mismos. Los invito a que tomemos acciones hoy para que mañana nos recuerden con cariño… para que nuestra familia se quede tranquila y para que, a pesar de la tristeza, gocen de lo que sembramos.

Es importante trascender y es posible hacerlo sea lo que sea a lo que nos dediquemos. Tal vez seamos profesionistas y logremos una carrera exitosa, tal vez tengamos un puesto y lo convirtamos en un negocio, tal vez seamos madres o padres de familia que predicamos con el ejemplo. Cuando nuestra obra inspira, quiere decir que vamos bien.

Alguien que dejó un legado de amor, paz y felicidad fue Celso Piña, que desde que lo conocí, el día que lo entrevisté en mi programa de radio, supe que sería de mis personas favoritas. Celso no tomó ninguna clase de música, aprendió a tocar el acordeón de manera autodidacta y las dificultades que enfrentó no lo limitaron de ninguna manera pues ofreció conciertos en toda América, Europa, África y Asia, y hasta tocó para presidentes y literatos. Sin duda alguna, las notas de su acordeón nos llenaron de alegría.

Espero que quienes hayamos escuchado alguna vez las canciones de Celso pensemos en qué estamos haciendo para trascender, justo como él lo logró.

Quienes tuvimos el gusto de conocerlo pudimos aprender que la fama y la humildad genera mucha felicidad y grandes recompensas.

Celso, en donde quiera que estés, gracias por llevar nuestra música a todo el mundo y mostrar la otra cara de México, la de nuestro pueblo. ¡Te vamos a extrañar! Hasta siempre, ¡aquí presente, compadre!

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