De niña tenía un disco favorito; era verde, un long play, o LP, como le decíamos entonces. Me encantaba y lo ponía una, y otra, y otra vez. Hasta marear a mis hermanas, hasta cansar a mis padres, hasta aprendérmelo de memoria y entonces, cantar mientras sonaba la canción. De todas las canciones disponibles en aquel disco que me trajo tantas alegrías hay un verso que me definió. Entonces, de niña, tenía la certeza emocional que hablaba de mí:

“Yo sé que un día muy pronto encontraré, un rinconcito en donde pueda yo ser…”

Me he aferrado a ese verso con las mismas fuerzas con las que me sujeto a mis esperanzas cuando llegan los días duros. Construir un proyecto de transformación personal me ha costado. Le he dedicado años de llanto, catársis, enojo, esperanza, fe, estudio, trabajo y amor.

“Siempre dichosa como el viento silbador o cual la lluvia que canta de flor en flor”

Quien ha trabajado en su propia empresa sabe que los días son largos. Inician desde antes de que salga el sol y se acaban ya muy entrada la noche. Contestamos todas las llamadas, no dejamos correos sin atender, preparamos entrevistas, cotizaciones y papeleos porque, sobre todo al inicio, cuando empiezas, no hay mucho de donde agarrarse mas que de la propia voluntad.

Años más adelante me puede apoyar con un equipo de personas muy talentosas que además de sus servicios profesionales me han regalado su cariño y cercanía. Sin duda me han apoyado a crecer. Cada uno de ellos, los de entonces, se colocaron en posiciones que les han venido bien. Coincidimos en una etapa del camino y ahora hemos seguido creciendo por rumbos distintos.

“Porque en mi corazón yo siento palpitar algo que sin temor un día ha de brotar”.

Pero también me he equivocado… una, y otra, y otra vez. Y he terminado llorando en el suelo porque a estas alturas, cuando ya puedo hablar en ponencias internacionales, cuando escribo para revistas en el extranjero, cuando mi trayectoria es sólida en México, esperaría equivocarme menos, o equivocarme mejor.

“Algo que en mi interior no deja de crecer que empieza a despertar que libre quiere ser…”

Para crecer, hay que romper: con las expectativas de la gente, con las personas que vinieron, cumplieron y se fueron; con quienes nos hacen daño y nos enseñan a ser buenos pero no ingenuos; y hasta con los castigos, a veces demasiado duros, que nos ponemos a nosotros mismos. Pero no es fácil.

Sueño con el día en que me broten las alas y, por fin, pueda volar.

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