El 15 de marzo surtí frutas y verduras. En alguna otra ocasión hice lo mismo y he ido un par de veces a la tienda de la esquina de mi calle por comida o insumos.

Tengo entonces 25 días pasando 10 horas frente a la pantalla, haciendo mi trabajo de oficina y viendo a mis pacientes a la distancia. 25 días sin salir a cenar o pasear. 25 días sin ir al cine. Tengo 25 días de no ver a mi papá, a mi mamá o a mi hermana, y de no ver a ningún amigo o amiga.

Tengo 25 días viviendo en un mundo que no conocía. Desde hace tiempo, veo al mundo en un caos que no me deja ignorarlo porque está en todas partes: en las noticias, en las conversaciones con mi equipo de trabajo, en nuestros planes (o en la falta de ellos), en la vida de mis pacientes.

Tengo 25 días de sentir emociones que me encantaría no sentir. Me siento cansada, agotada de que mi único contacto es a través de una pantalla. Estoy estresada por la incertidumbre de aquello que no está en mis manos controlar y que no puedo hacer nada desde ahora para saber qué pasará. Estoy angustiada al pensar en todas las personas que se están arriesgando estando en la calle porque no tienen de otra, y en el personal de salud que nos está cuidando desde el espacio de mayor riesgo. Hay una parte de mi que siente todavía la sorpresa de todo esto que pasando, una parte de mi que desea rebelarse y sencillamente salir, y otra parte que teme cada vez que se enfrenta al menor riesgo y se lava las manos tratando de evitar todo lo posible un virus que llegó a amenazarnos de tal manera que toda nuestra vida cambió de un día al otro.

Y entonces, pido permiso para fallar.

Seguramente en estos momentos no soy la mejor en mi trabajo. Puede ser que esté distraída, puede ser que llegue tarde a la junta, y puede ser que no esté dando los mejores resultados. También, seguramente, en estos momentos no soy la mejor con mi cuerpo y mi salud. Puede ser que no estoy haciendo ejercicio tan seguido, o que estoy comiendo más comida chatarra de la que acostumbro. También puede ser que, incluso en las pocas oportunidades que tengo de socializar, no soy la mejor amiga, hija, pareja, mamá.

Pido permiso para fallar y me lo concedo. Porque entiendo que estoy en una situación en mi propia vida que no tiene precedentes, y que necesito tiempo para saber qué hacer, para adaptarme, y para sobrellevarlo. Puede que ese tiempo no sea suficiente para, además, hacer bien todo lo que tengo que hacer.

Entiendo lo que estoy viviendo y soy amable conmigo misma en el proceso. Ese es el único logro que necesito asegurar.