En mi familia tengo fama de ser la mas débil en cuestiones del estómago. Desde chica siempre he sido la primera en marearme en la carretera, después de una montaña rusa o en una salida al mar. Ese día soleado no fue la excepción. Salimos a la madrugada con un sandwich en el mano envuelto en una servilleta y entre todos se sentía un aire de emoción por lo que podríamos encontrar ese día en el mar. Las olas del Pacífico salpicaban la lanchita en la que salimos y la hacían balancearse de un lado al otro de una forma un poco brusca.

No logro recordar si fue un día exitoso por el estado en el que regrese a tierra firme, pero recuerdo que cuando aún faltaba una hora para llegar, el movimiento de las olas me parecía insoportable.“ No te muevas, no te muevas, no te muevas” pensaba mientras me ponía tiesa tratando de evitar que las olas que se habían vuelto más fuerte me sacudieran provocando aún más nauseas en mi débil estomago. Tenía un objetivo en mi mente, intentar moverme lo menos posible para así según mi conclusión, evitar que el movimiento tuviera aún más efectos negativos en mí. Me gustaría concluir que llegué a tierra firme de forma exitosa, pero sería una mentira para terminar esta anécdota de forma agradable y evitarles una escena desagradable a ustedes mis lectores.

Seguro se están preguntan que objetivo tiene compartir esta historia y la verdad es que si sería completamente irrelevante si no fuera porque ese día aprendí una lección que me sirve hoy más que nunca.

Existe una frase que dice “la única constante es el cambio” y pienso que si el 2020 fuera una persona tendría esta frase tatuada en la frente. Este año se parece a las olas del Pacífico de aquella mañana: feroces y en constante movimiento. Nos han sacudido de todas las formas posibles cambiando nuestros planes una y otra vez. Lo más fuerte de todo es que estos cambios son inevitables, están sucediendo nos guste o no. Toda esta situación que está cambiando nuestra vida está fuera de nuestras manos y el sentimiento de incertidumbre es difícil de aceptar.

“Para qué planeo si el López-Gatell me la va a cambiar todo un día antes”, esta fue la respuesta de una amiga cuando le pregunté sobre los planes de su boda y sinceramente no estoy en una posición para desmentirla y animarla diciendo que las cosas van a ser como las planeo porque lo más probable es que el escenario cambie un montón de veces más y las dos lo sabemos.

Hemos tenido que ajustarnos a la situación: perder a personas que queremos, cerrar empresas, cambiar de empleo, cuidar a enfermos, cancelar nuestros planes, posponer eventos, aprender a vivir sin las personas que estábamos acostumbrados a tener cerca y esto no para, tenemos frente a nosotros un panorama de mar abierto con olas en movimiento e incertidumbre.

Todo esto me hace cuestionarme y te lo pregunto a ti también, ¿nos vamos a seguir resistiendo con todas nuestras fuerzas inútilmente como yo esa mañana en el mar o aceptaremos de una vez por todas lo que no podemos cambiar? Si de algo estoy segura es que de estos “tiempos de COVID-19” saldrán generaciones enteras capaces de manejar la incertidumbre y adaptarse a la que viene.

El fluir y adaptarte al cambio es una habilidad necesaria en la vida y nos guste o no, tenemos una oportunidad enfrente para tomarla y hacerla nuestra. El adaptarte no significa que será fácil o que duela menos, quizá si yo me hubiera soltado y relajado más esa mañana mi experiencia hubiera sido la misma, ¿o no? La situación sigue siendo la misma, pero nuestra perspectiva y el cómo lo vivimos cambia todo.

Querido lector, es inútil resistirnos a lo que no está en nuestros manos. Aprendamos juntos a aprovechar el vaivén de las olas y sacar de esto lo mejor que podamos. El momento en el que nos rendimos y soltamos es cuando nos abrimos a nuevas posibilidades y aprendemos a fluir. La corriente viene y viene con fuerza, nosotros decidimos si nos hundimos, dejamos que nos lleve o nadamos voluntariamente a favor y le damos dirección.