Si nos atenemos a la expectativa y polvareda que ha levantado lo que se asegura que contiene la videoteca de Emilio Lozoya es cuestión de tiempo para que conozcamos detalles de uno de los casos, quizá el más señalado en materia de corrupción, emanados del poder político.

Nos la hemos pasado viendo cómo gobernantes, cómplices y secuaces por más que sean denunciados, terminan exonerados en medio de la impunidad o por aquello de la “falta de pruebas”.

La expectativa que se ha creado sobre el contenido de la afamada videoteca de Lozoya puede llevar ante la justicia con firmeza, convicción, voluntad y bases lo que una y otra vez se ha dicho y visto sobre la corrupción entre la clase política.

La especulación no es gratuita. En hechos recientes se tenían evidencias de actos de corrupción en donde se buscaba que desde el poder, en el amplio sentido del concepto, se reconocieran y se actuara; sin embargo, no se investigó o se buscaron salidas colaterales o por la puerta de atrás en la mayoría de los casos.

Por más que las evidencias tuvieran nombre y apellido desde el poder todo se soslayaba e incluso se amenazaba a quien denunciaba con tal de esconder las evidencias. Han sido muchas las ocasiones en que se han presentado argumentos firmes que debieron obligar a instancias de gobiernos a aclarar y responder, pero no pasó nada.

Muchas historias han terminado con una sociedad como testigo viendo cómo se cierran las investigaciones, para lo cual en muchos casos de nuevo bajo la corrupción se encargaban de cerrarle el candado a las denuncias.

El mecanismo de respuesta rara vez les fallaba. No sólo se lanzaba la maquinaria para evidenciar a los denunciantes, además se les acusaba o intimidaba para lo cual los medios de comunicación a menudo jugaban un papel estratégico. Se señalaba a los denunciantes y en el camino se ponderaban desbocadamente las bondades de los gobiernos, por más que estuvieran carcomidos.

Sin haber salido de todo esto, pero con un gobierno echado para adelante en la lucha contra la corrupción la expectativa respecto a la videoteca de Lozoya crece aún más.

Todo apunta a que vamos a un escándalo político que pudiera colocarnos en un antes y después. La información e imágenes, más allá del morbo, pueden colocar a la clase política de todos los partidos, incluyendo a perredistas hoy de Morena, en el centro de una trama en que los “favores”, o como se quieran definir, fueron fundamentales para aprobar proyectos de la pasada administración.

Es probable que mucho de lo que veamos no sea nuevo, la diferencia está en que lo veremos de manera clara. Lo importante para tener juicios precisos será conocer las opiniones de quienes estén involucrados; por lo que se perfila no se ve cómo puedan zafarse.

La otra parte de la historia tiene que ver con la gestión de Peña Nieto. Siguiendo con la línea de lo que se ha informado hay evidencias, con videos o sin ellos, de que personajes de muy alto nivel de su gobierno, entre quienes está el mismísimo personaje, están involucrados en componendas y decisiones que igual alcanzan casos como Odebrecht como campañas políticas, incluyendo la del 2012, y la relación de Felipe Calderón y su gobierno con la empresa brasileña.

El gobierno tiene que construir los casos de manera precisa, tiene que apegarse al debido proceso, tiene que entender que está ante una oportunidad histórica de denunciar y revertir procesos de corrupción intrínsecos al ejercicio del poder.

Lo que hay que considerar es que por más escandalosos, mediáticos y morbosos que sean los videos no va a bastar con ellos.

RESQUICIOS.

El Presidente no va a dejar de apoyar a López-Gatell. Encarrilado difícilmente cambia de opinión. Todo indica que así nos iremos hasta el final, lo cual no se tiene idea de cuándo sea. ¿Por qué no se sientan con destacados científicos mexicanos a escuchar otras voces y no seguir en el voy derecho y no me quito?