En medio de la inminencia del coronavirus es indispensable ver cómo vamos a resolver nuestra cotidianidad. Todo indica que además de golpear a las personas de la tercera edad, va a afectar seriamente a los sectores más desprotegidos.

Una cosa es que un trabajador pertenezca a una empresa y tenga un salario, el cual en medio de la crisis las empresas tendrán que pagar, o tendrán que ver cómo se arreglan con los empleados, y otra, muy distinta, es la vida de la mayoría de las personas que viven en la informalidad.

Es un momento inédito que afecta a todos, no hay quien esté exento del virus; lo que es evidente es que algunos están en posición de privilegio, lo que pudiera permitirles enfrentar la pandemia con más elementos que la mayoría de la población.

Las diferencias económicas y sociales, tarde que temprano, aflorarán de manera aún más lacerante ante la pandemia. Está claro que el Gobierno, más bien el Presidente, busca a toda costa alargar al máximo posible la toma de medidas al límite. Es muy probable que por su cabeza no solamente pase el gran problema económico que enfrentaría el país, como de hecho ayer, por primera vez lo hizo saber.

El Presidente sabe bien lo que puede significar frenar la economía para millones de personas que viven en la informalidad, lo que significa una afectación definitiva para quienes viven al día. ¿Qué hacer ante la coyuntura de quienes viven del comercio informal y que ya están bajo serias afectaciones en su economía?

El dilema es brutal, tratando de encontrar una palabra que pueda definir lo que viene. Estamos entre no parar y, sin exagerar, la muerte estamos en una disyuntiva que obliga a la toma de decisiones que van a marcar al país y al mundo en un antes y un después.

Por lo visto en otras naciones, y por las recomendaciones de los especialistas, no hay de otra que guardarnos. Lo inevitable nos llevará a enfrentar serios problemas económicos, los cuales debieran recaer entre los que más tienen. Esto significa que los hombres y mujeres del gran capital tendrán que hacer un gran esfuerzo para buscar la mejor de las salidas colectivas; es un momento en que todos estaremos a prueba, pero es claro que quienes están en posición de privilegio deban asumir el reto de la solidaridad.

Los que menos tienen no tienen para donde hacerse. Pedirle a la gente que se quede en casa es meterlos en una dinámica de vida casi imposible, pero necesaria y obligatoria. Las viviendas son, en lo general pequeñas, los servicios de salud escasos e incluso el suministro del agua es un enorme problema, como se ha visto en los últimos meses en algunas zonas de la capital.

Las cosas se pueden agudizar aún más en caso de que alguno de los integrantes de la familia pudiera estar infectado, viéndose obligados a meterse en cuarentena en espacios muy reducidos, en medio de la hacinación. El coronavirus viene a mostrar, una vez más, nuestras claras diferencias sociales.

En lo que hay que tener un profundo cuidado es en el tiempo en que se tienen que tomar las decisiones. Es muy entendible que quieran postergar al máximo para no frenar economía, pero también es una obligación en el ejercicio del poder, tomar las decisiones en el momento preciso; y todo indica que ese momento ya llegó.

Entre todos los retos que ya estamos enfrentando coloquemos el de los migrantes y el parcial cierre de la frontera entre México y EU. La primera revisión a este tema deja la impresión que hay una mayor preocupación por lo económico que por el tema de salud, si así fuera las consecuencias serían brutales.

En el tema migratorio hay que atender los albergues y los centros del INM; los migrantes saben que por lo pronto no es tiempo de cruzar la línea.

Ahí viene lo inevitable, mucho va a depender de nosotros.

RESQUICIOS.

La Jefa de Gobierno empieza a tomar decisiones severas, se está adelantando a lo que viene y se va desmarcando de la pausa en la que parece andar el Gobierno federal.