Cuando el Presidente le pide a sus adversarios que “le bajen una rayita” suponemos que sabe que la petición también lo incluye. López Obrador no deja pasar una y sabe el efecto de sus palabras junto con el tono que les imprime.

Estamos en el momento en que hay que encontrar formas que nos permitan estar cohesionados en lo básico. Todo indica que la fórmula que puede ayudar es la de alcanzar acuerdos en materia económica, de organización social y de gobernabilidad; pueden ser los primeros pasos hacia un futuro diferente del que se nos aproxima.

El Gobierno mantiene su reconocida coherencia en tener como su preocupación, eje y atención a los pobres, pero en el camino también debe reconocer que los pequeños y medianos empresarios están por entrar en una crisis de la cual será difícil que salgan. Las clases medias han sido un factor fundamental para el equilibrio y estabilidad en el país.

El Presidente ha sido reacio con el tema de los acuerdos con los empresarios, es reacio a cierto tipo de reuniones con quienes representan estructuras organizativas de la sociedad y cuando lo hace es porque no le queda de otra. Se le ha visto más cerca de lo que llamaba la mafia del poder que de los pequeños y medianos empresarios.

Seguramente tiene en su memoria lo que ha pasado en que la experiencia evidenció que los acuerdos al final, en la gran mayoría de los casos, le terminaron por beneficiar a los grandes empresarios.

Lo que hay que entender e identificar es que estamos bajo otra dinámica y otro tipo de escenarios, poco de lo que estamos viviendo se parece o tiene que ver con lo vivido. Al estar en medio de procesos inéditos que no tienen paralelismo estamos obligados a nuevos acuerdos y a una alta dosis de prudencia y humildad.

Alcanzar hoy grandes acuerdos es poner al país en la misma sintonía, hacerlo no es signo de debilidad sino de fortaleza y gobernabilidad.

Que la oposición esté disminuida, que el sector privado este retraído y hasta pasmado, que la crítica sea una constante hacia el ejercicio del poder, son factores propios de una sociedad que se va acomodando después del proceso electoral que le dio el triunfo contundente a una persona y a su partido.

Morena no ha tenido hasta ahora la capacidad de ser alternativa, más bien una parte de ella está siendo herencia del pasado en medio de sus confrontaciones internas de las que el propio Presidente se ha hecho a un lado.

La llegada inesperada y brutal del coronavirus nos ha agudizado todos nuestros males. Los nuevos escenarios deben llevar a reinventarnos y a tratar de encontrar nuevas formas de organización, convivencia y gobernabilidad.

Si el Gobierno no va un paso adelante ni en medio de la crisis en el día después, va a ser más difícil resolver nuestros problemas, los cuales van a tocar las estructuras de país.

En medio de todos estos torbellinos partamos de que el Gobierno es el único actor con todo y el protagonismo que ha tratado de ganar. La concentración de la riqueza en pocas manos es uno de los factores medulares que nos tienen bajo las actuales circunstancias. Ha llegado el momento de entender como principio y como sobrevivencia que tenemos que cambiar el orden de las cosas, sin pasar por alto que el Gobierno no es el único sujeto obligado.

Habrá ganadores y perdedores al final de la pandemia, pero es definitivo que se tiene que cambiar el orden de las cosas. Unos deberán entender que llegó el momento del sacrificio y el otro deberá asumir que toda la sociedad mexicana está en el mismo barco y que en este momento histórico está en él parte medular de la transformación integral.

Si no hay grandes acuerdos el futuro será todavía más incierto de lo que ya es.

RESQUICIOS.

La vida de la ciudad no termina por apagarse. Hay mucho movimiento y tránsito de personas en el centro y en algunas zonas comerciales. Va de nuevo: hay que quedarse en casa.