Para algunos es capricho que el Presidente gobierne tomando en cuenta pocas opiniones.

El ejercicio del poder en el país se ha sustentado en las complicidades entre gobernantes y los entes del sector privado. Algo hay de cierto cuando se plantea que en muchas ocasiones los empresarios han terminado por apoderarse de todo. Ésta es una de las razones por las cuales el ejercicio político se ha alejado de manera grosera, e incluso racista, de amplios y necesitados sectores de la población.

Al Presidente pareciera que lo mueve al mismo tiempo la desconfianza, muy propia de su forma de ser, y la cerrazón. Tras de sus estrategias está su enorme temor a repetir modelos que en un gran número de casos nos han afectado severamente. Es desconfiado, pero también es cierto que en ocasiones tiene razones históricas de serlo.

No queda del todo claro por qué López Obrador se puede identificar con regímenes priistas de los 60 y 70. Como fuera, particularmente con López Mateos y Echeverría se produjeron fuertes escarceos con el sector privado, debido a que los gobiernos buscaron en su momento pintar en lo general una especie de raya con los empresarios como parte de sus estrategias.

Con Luis Echeverría la confrontación con el sector privado terminó en medio del caos económico y político. Se llegó a hablar incluso de un golpe de Estado, imaginado en una reunión entre empresarios en Monterrey. El simple hecho sacudió aún más la relación entre el sector privado y el gobierno, la cual terminó profundamente deteriorada por un conflicto de tierras en Sonora. No fue casual la algarabía de los empresarios cuando llegó López Portillo sin imaginar lo que se les iba a venir.

Tiene sentido que el Presidente tome distancia, porque las experiencias no han sido favorables y más si nos atenemos a los resultados económicos y al ejercicio cotidiano de los poderes.

La gobernabilidad de los 60 y los 70 poco tiene que ver con lo que hoy somos en lo político y sobre todo en lo económico. Los riesgos que provoca el estatismo están en que puede llevar a un inoperante aislamiento. Por más que hoy se deba reivindicar el papel del Estado como benefactor de la sociedad, el cual en los últimos años fue materialmente soslayado, es evidente que el desarrollo de la sociedad requiere de la interrelación entre los diferentes actores que la componen. El mundo y el país son totalmente distintos al de los 70, lo que no implica que se pase a segundo plano las obligaciones primeras que todo gobierno debe tener.

Lo que vimos y vivimos desde 1980, con priistas y panistas en el quítate tú “pa” ponerme yo, fue la consolidación de una estrategia económica sustentada en el gran capital, la cual ha provocado profundas desigualdades. Independientemente de algunas de las bondades de esos años, está claro que la elección del 18 fue la respuesta al hartazgo económico, político y social de décadas.

El gran reto que tiene el Presidente es el de hacer a un lado todos los atavismos que ha ido sumando, con y sin motivos. Se ve en verdad difícil que pueda suceder, lo grave de ello es que el desgaste será cada vez mayor y va a provocar serios problemas en su gobernabilidad.

No pueden pasar por alto las manifestaciones del fin de semana por más que las califiquen de fifís. Forman parte de un sector de la sociedad y como tal merecen atención y análisis, porque pueden crecer en la medida en que el gobierno se vaya desgastando.

Lo que por ningún motivo se puede avalar es el absurdo de un golpe de Estado o que el Presidente deje el cargo; es lamentable, peligroso y de un riesgo incalculable el sólo poner la idea sobre la mesa.

RESQUICIOS.

Como era de suponer el que este día terminara la cuarentena para muchos fue una especie de banderazo de salida. Uno de los grandes problemas del Gobierno a lo largo de la pandemia ha sido y es su estrategia comunicativa.