Dentro de la infinidad de riesgos en los que estamos uno de los que se ha convertido en verdadero problema es lo que viven enfermeras, camilleros, doctores y en general el personal de los hospitales.

Los testimonios van y vienen en medio del temor del contagio colectivo. Quienes están en la llamada primera línea viven bajo un enorme riesgo. Hay evidencias de lo difícil que les es hacer su trabajo ante la falta de instrumental básico para atender a los pacientes.

Hasta el momento no parece haber una reacción efectiva del Gobierno que da la impresión que llega a soslayar el problema. A pesar de las manifestaciones en las afueras de los hospitales no hay indicios claros de que se estén atendiendo las demandas del personal de salud de todos los niveles.

Hemos conversado con médicos y enfermeras que nos reportan la gran cantidad de limitaciones que tienen para hacer su trabajo. A esto se suma que a lo largo de años el sistema de salud ha sobrevivido muchas veces por la voluntad y vocación de quienes lo conforman.

Si no fuera por doctores, residentes, enfermeras y camilleros el problema sería mayor del que hemos tenido por años y ni qué hablar de este momento. Si no fuera por ellas y ellos estaríamos metidos en un caos mucho mayor del que estamos viviendo.

No tenemos indicios de que las protestas sean organizadas para desestabilizar u organizadas por grupos que quieran atacar al Gobierno. El problema es mucho más serio porque el diagnóstico es claro: el sistema de salud vive desde hace tiempo contra las cuerdas.

Hoy todo materialmente nos puede explotar en las manos por el coronavirus y porque bien a bien no sabemos el tamaño del problema que tenemos por la falta de pruebas para detectar cuántos ciudadanos podríamos estar eventualmente contagiados.

La protesta, nos dicen médicos y enfermeras que piden el anonimato, tiene que ver con hospitales pequeños a los cuales llega mucha gente bajo la presunción de que pudiera haber adquirido el virus, las exigencias están invariablemente al límite; lo que está pasando en Monclova muestra las deficiencias de toda índole.

El personal a menudo es sujeto de maltrato por parte de algunos pacientes que en su desesperación y en su idea de que “pago los impuestos para que me atiendas” presionan en medio de una situación al límite para el país y para el sistema de salud.

A todo esto se ha sumado una variable más que coloca a todos quienes tienen que ver con hospitales en riesgo. Hay casos de intentos de linchamiento en contra del personal, se presume que pueden contagiar a quienes se cruzan con ellos en la calle o en el transporte público.

No casualmente algunas autoridades le han pedido al personal de los hospitales que se quite su ropa de trabajo para evitar estas reacciones.

Quienes conforman el sistema de salud la están pasando mal siendo que son quienes nos están curando y manteniendo con vida, están en el peor de los mundos. Por un lado, no tienen el instrumental que les permita desarrollar su trabajo y cuando protestan son señalados y, por otra parte, han sido agredidos en algunos casos por ciudadanos a quienes ellos y ellas les pueden salvar la vida.

Todos tenemos que entrar en pausa y entender el papel del personal de salud para apoyarlos al máximo y agradecerles lo que están haciendo por nosotros poniendo en peligro su propia vida.

Es necesaria una campaña para estar con ellos, protegerlos y defenderlos. El Gobierno tiene que hacer algo pronto porque en algunas ciudades las agresiones han llegado a intimidar y atacar provocando que, de plano, quienes están en la primera línea de batalla se queden en sus casas.

Es paradójico que en una de ésas les vaya más mal en la calle que en el mismo hospital.

RESQUICIOS.

Cada vez está más expuesto el afamado vocero. Pudiera estar enfrentando de manera delicada la dualidad de la información dura y precisa sobre el coronavirus, y las presiones a las que se ve sometido sobre lo que “se debe informar”.