Algo complicado se viene cuando el Presidente, quien invariablemente quiere ver de manera positiva todo lo que pasa por su gobierno, reconoce que “pienso que va a ser más difícil la situación, abril, mayo, junio se va a tocar fondo”.

Las consecuencias de lo que estamos viviendo no se alcanzan a ver del todo. Las mediciones económicas del Inegi y Coneval dan indicios de los problemas en materia de desempleo y crecimiento económico.

Las variables que más le pegan al país son el incremento de la pobreza y el desempleo; la magnitud de los recursos es ostensiblemente menor a la magnitud de las urgencias.

Estamos ante diferentes vertientes. Por un lado, la pandemia nos llegó en el peor momento económico del país, lo que vino a hacer fue desnudar aún mas nuestras innumerables limitaciones. Puso frente a nosotros la abierta cara de la desigualdad que se padece desde hace muchos años.

Por otro lado, quedó expuesto como nunca antes, el desarrollo desigual que tiene a la sociedad mexicana en medio de innumerables contradicciones. Hay responsabilidades históricas más allá de que la presente administración no ha logrado dar un golpe que permitiera vislumbrar un proceso de cambio.

Estamos enfrentando también un deterioro del salario. Mucha gente puede tener empleo, pero sus salarios son muy bajos a lo que se suma que por la pandemia se haya echado a andar un cambio en los horarios y días laborables para mantener la planta laboral. Se calcula que una de cuatro personas está subocupada, lo que quiere decir que tiene menos trabajo, menos salario aunque tenga empleo.

Una de las exigencias inmediatas es la creación de empleos. Por más buenos deseos presidenciales no se ve cómo hacia finales del año se pueda alcanzar la cifra de 2 millones. Si nos atenemos a que el mandatario reconoció la pérdida de un millón de ellos al final del año se tendrá la tarea de sumar un millón a los dos prometidos, lo cual bajo todos los análisis se ve cercano a lo imposible.

La situación es desde donde se vea complicada y va a requerir de consenso y de tiempo. Hay cosas que se podrán resolver en lo inmediato, pero mucho de lo que se debe hacer inevitablemente necesita tiempo, no será de la noche a la mañana ni está en los terrenos de la voluntad o los deseos.

La clave está en las políticas que el Gobierno instrumente para ir paliando la crisis. En este sentido, no necesariamente la entrega del dinero resulta útil y sobre todo partiendo de las necesidades que no permiten la posibilidad de hacer uso mínimamente racional; todo es exigencia y así como se entrega se gasta.

Otro gran reto del Gobierno es crear condiciones para la protección social de quienes viven en la adversidad, que habrá que reiterar que es la gran mayoría de la población.

Se tiene que buscar con urgencia el acceso a la alimentación, salud y educación. Podríamos enfrentar niveles significativos de deserción escolar por falta de condiciones económicas y sociales de las familias para mantener a los niños y adolescentes en las escuelas, debido a que tienen que colocar a sus hijos en áreas laborales para sumar en su precaria economía.

El desgaste que está sufriendo el sistema de salud va a requerir de inversiones que le permitan al menos recuperarse. El coronavirus nos ha evidenciado, el coronavirus ha confirmado el deterioro y heroísmo que prevalece en los hospitales públicos del país.

Es el momento de retos inéditos para todos. El Gobierno es responsable central y por momentos se ha visto rebasado y ensimismado sin querer tomar conciencia de ello. La pandemia lo ha colocado entre más sombras que luces.

No hay que esperar lo que nos puede venir por la sencilla razón que ya está entre nosotros.

RESQUICIOS.

Héctor Suárez era un guerrero. Se supo reinventar enfrentando censuras y al entonces duopolio de la tele. Fue un gran primer actor y sus personajes de ¿Qué nos pasa? son un clásico y un código verbal entre nosotros; ya se le extraña, se fue pero se queda.