A pesar de que el discurso mañanero parece tener como interlocutor a los medios de comunicación, redes y la llamada comentocracia, es muy probable que el Presidente si en alguien piense es en sus seguidores.

El discurso es contundente y no se sale de sus ideas y objetivos. El tono muchas veces es sarcástico e irónico lo cual termina por tener dos vertientes, por un lado responderle a sus críticos y por el otro, fortalecer sus estrategias sacándole jugo al lenguaje, proporcionándoles a sus innumerables seguidores elementos para señalar a los llamados “adversarios” a la vez que fortalece contundentemente su imagen.

El manejo que hace el Presidente del discurso mañanero es multiusos. A pesar del desgaste que va teniendo, sigue siéndole funcional por más que merezca observaciones, tiene enorme vigencia y le da capacidad de maniobra y uso político.

La razón por la cual nos detenemos de nuevo en el tema se debe a que la sociedad encuentra en las mañaneras la mejor manera de entender y saber quién es el Presidente. No necesariamente importa si lo que dice es cierto o no, lo que importa es que se mueve apelando al respeto a los otros, pero en el fondo él es el factor que tiene de alguna u otra manera la verdad.

El tan traído “tengo otros datos”, los cuales en muchas ocasiones no se conocen, es la respuesta ante la crítica y la defensa de sus puntos de vista. El Presidente hace del discurso su forma de gobierno y en muchas ocasiones eso que llamamos “la terca realidad” cuenta poco o nada.

Lo que importa es que ahora hemos entrado en una singular etapa en que el Presidente es al mismo tiempo el discurso, la verdad y el referente.

No vemos cómo se vaya a salir de esta dinámica en los próximos años. La fuerza del Presidente está en todo esto y también en que sigue manteniendo altos niveles de popularidad y una base electoral social que lo sigue de manera fervorosa.

Poco puede importar que el afamado vocero informe con datos duros sobre la crisis sanitaria, lo que está acabando por prevalecer es lo que dice el Presidente sin importar que sea lo contrario a lo que plantea el multicitado subsecretario.

El Presidente no necesariamente tiene el control de todas las cosas. Si en un primer momento destacaba el hecho de que desde Palacio Nacional se tenía toda la información del país hemos empezado a ver que no es tan cierto, lo que estamos viendo es que sin importar lo que está pasando al final es el discurso del Presidente el que pareciera determinar los hechos sin que importen los hechos mismos.

Sus constantes confrontaciones con los medios buscan, por un lado, no dejar espacios libres o vacíos, y por otro lado, juegan con el lenguaje y su discurso para la tribuna.

Lo que le importa es que sus palabras permeen entre sus seguidores y que en el camino se lleven sus “adversarios” sus coscorrones.

Lo grave del asunto es que muchos temas que vivimos y padecemos están entrando en terrenos de la relatividad porque debido a los debates, muchas veces menores, no se alcanza a entender y conocer cuáles son su tamaño y repercusión.

El Presidente ha sabido colocarse en el centro de la sociedad y también ha tenido la capacidad para que en lo que va de su sexenio no dejar de estarlo. Sabe que ser parte del imaginario colectivo le permite la fortaleza en el ejercicio del poder y quizá también darle vuelo y aire a Morena, en medio de sus innumerables contradicciones.

El gran problema es que al Presidente lo alcance la terca realidad en donde ni el discurso ni la voluntad van a poder enfrentarla.

Quizá de alguna manera es lo que estamos viviendo con el coronavirus.

RESQUICIOS.

Si como dice el reportaje de Proceso TV Azteca le exigió al gobierno de Michoacán 400 millones de pesos para que el legendario Morelia se quedara en el estado, ¿quiere decir que el gobierno de Sinaloa aceptó la transacción para llevarse la plaza y fundar el Mazatlán FC?; no es pregunta ociosa.