En medio de la infinidad de comentarios sobre las presuntas responsabilidades de actos de corrupción de los expresidentes, es probable que por primera vez se haya hecho una mención que difícilmente pueda ser pasada de largo.

Se ha señalado a varios expresidentes, a la vez que López Obrador ha hecho su parte no sólo como Presidente, también como candidato y dirigente. Ha tenido al menos a dos en la mira: Carlos Salinas Gortari y Felipe Calderón.

Al primero lo colocó como una especie de capo de la hoy muy disminuida “mafia del poder”. Lo ha señalado una y otra vez, haciéndose eco de la deteriorada imagen del expresidente, quien hoy, de nuevo, se ha metido en el imaginario colectivo por la recreación de él y de su hermano en la segunda temporada de la serie Narcos.

Como fuere, empieza a quedar la impresión de que con Salinas de Gortari lo único que va quedar es el juicio de la historia, porque no se ve que se le pueda imputar algún tipo de responsabilidad legal. Tendrá que pasar algún tiempo para que se tenga la justa dimensión de su sexenio, pero hoy, no hay que darle muchas vueltas, está señalado.

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Con Felipe Calderón, casi todo se circunscribe al tema de seguridad y a su muy cuestionable estrategia para enfrentarla. Quizá no haya responsabilidad que se le pueda imputar, pero queda claro que es un referente para el tema de la violencia y la delincuencia organizada, al cual apela regularmente el Presidente. Calderón desató una guerra que luego dijo que no era tal, para que al final se nos viniera dramáticamente y violentamente el caos.

Esto viene a cuento porque en varias ocasiones se ha cuestionado al tabasqueño sobre si va a establecer investigaciones contra los expresidentes. Sus respuestas han sido confusas; igual dice que el pasado se quede en el pasado, pero que si la sociedad lo pide, llevará a cabo investigaciones sobre sus presuntas responsabilidades.

Quizá la información que publicó The Wall Street Journal sobre Peña Nieto, sobre su involucramiento en la compra de “empresas chatarra”, obligue al Presidente a tomar decisiones, con todo y que haya dicho que su Gobierno no pretende presentar denuncia alguna contra quien se ha convertido en un sosegado expresidente.

López Obrador deja las cosas en el terreno de la Fiscalía, pero bien se sabe que puede ser el fiel de la balanza, y más cuando ha repetido una y otra vez que el Presidente “sabe todo”.

En función de la información que existe queda la impresión de que se está abriendo una coyuntura para investigar las presuntas responsabilidades de Peña Nieto; se presumía que el caso Lozoya, tarde que temprano, podía llegar a él. De nuevo recordemos la frase que es un mecanismo de defensa y una realidad: “no se mandaba solo”.

De cualquier manera, la pregunta no deja de estar entre nosotros: ¿debemos dejar el pasado en el pasado, o se tienen que investigar y señalar las presuntas responsabilidades de actos de corrupción?

Ha prevalecido en el imaginario colectivo la idea de investigar y señalar ante la justicia el pasado, el propio Presidente ha alentado esta posición. Su sistemática referencia crítica a ello ha alimentado entre los ciudadanos la exigencia de no dejarlo pasar.

Lo que es un hecho, es que estamos ante la primera referencia directa de presuntas responsabilidades de Peña Nieto. Quizá no sea la única, pero se aprecia que en el caso Lozoya existen las suficientes aristas para colocar al mexiquense en el centro.

No hay duda de que la decisión está fundamentalmente en la Fiscalía, pero tampoco hay evidencias de que el Presidente deje que se le pasen estos temas. Si quisiera entrar en un proceso de investigación a un sexenio tan señalado, se le ha aparecido el inicio de una oportunidad.

RESQUICIOS.

De algo nos perdimos. La referencia que hizo López Obrador al Ejército, en el sentido de que no cayó en tendencias golpistas, suponemos que tiene santo y seña. De algo nos perdimos en el camino, ¿pues, quién fue?